Ageing y diversidad generacional: reciclando la experiencia

Ageing y diversidad generacional: reciclando la experiencia

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El jueves 2 de junio tuvo lugar la jornada sobre diversidad generacional en el Ministerio de Sanidad y Servicios Sociales e igualdad.

Esta jornada estuvo patrocinada por WomenCEO, Atos y el Observatorio GT.

A lo largo del día se organizaron diversas mesas redondas:

  • La primera que contó con expertos en el área de RRHH , versó sobre la convivencia de varias generaciones y como los RRHH actúan acorde a la nueva situación.
  • La siguiente mesa trató sobre las medidas de flexibilidad a implantar en las empresas ante la nueva realidad económica y la legislación sobre el alargamiento de las carreras profesionales. Eva Levy presidenta de Honor de WomenCEO expuso su punto de vista sobre los viejos, muy enriquecedor, ponencia que adjuntamos.
  • Terminó el evento con una mesa tratando sobre la salud como el elemento clave del alargamiento de la vida laboral. Donde hay que conjugar el bienestar emocional y la salud física.

Cerró el acto nuestra compañera de la Junta directiva de WomenCEO Pilar Cutanda y Begoña Suarez del Instituto de la Mujer.

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Dentro de la jornada sobre diversidad generacional, desarrollada en el Ministerio  de Sanidad,  y organizada por Womenceo y Atos, os presentamos el discurso pronunciado por la presidenta de Honor de WomenCEO Eva Levy.

 

Título: Los “viejos” queremos elegir nuestro futuro

Creo que sería bueno indicar, para quienes no me conocen, que soy una persona que siempre ha sentido un intenso interés por ciertos problemas de la sociedad, véase diversidad, igualdad, talento, envejecimiento de las personas, pero también envejecimiento de la población, aunque es otra cosa.

Llevo trabajando 24 años en temas relacionados con la mujer y ya hace muchos años hablaba de las pensiones de las mujeres cuando nadie lo hacía a mi alrededor y de la necesidad de ser un país joven y promover la natalidad. Hoy nos encontramos aquí reunidos para hablar de estos temas, porque muchos deberes que se tenían que haber hecho no se hicieron. Los estudios prospectivos de población nos avisaban con rigor científico de los problemas que acarrearía nuestra baja tasa de natalidad, una de las peores del mundo, pero era como si esos estudios se refiriesen a otra nación.

El problema de la natalidad tiene que ver con el género, la igualdad y la diversidad. En la práctica, no se ha tenido en cuenta que las primeras diversas, por así decirlo, somos las mujeres, la mitad de la población

Las pensiones de las mujeres son la mejor prueba de lo que falta por hacer. Porque son el fruto de una vida laboral, de unos sueldos mal negociados, de unas jornadas reducidas por necesidades familiares, de unas renuncias temporales al trabajo por los hijos o por las personas dependientes. Y eso sucede en una época donde afortunadamente la esperanza de vida se ha alargado muchísimo, especialmente en el caso femenino, pero donde la vejez no es sinónimo, en la mayor parte de los casos, de situación confortable.

A pesar de todo, he roto lanzas desde hace muchos años en favor de la maternidad cuando hablaba con jóvenes angustiadas por su carrera. La idea del envejecimiento de la población me preocupaba entonces y ahora, pero mi primera idea era y es, la crueldad que supone castigar la natalidad, impedir a las más jóvenes desarrollar un proyecto de vida por la ceguera de una sociedad, de una Administración, de un Estado que prefiere no abordar lo que es importante y ahorrarse, por ejemplo, las infraestructuras y las dotaciones necesarias para apoyar el recorrido de las mujeres en un breve periodo de su vida, tan enriquecedor para todos.

El futuro no es un accidente, ni cae del cielo como los meteoritos. El futuro llega y nos encuentra, como pasa ahora, con muchos deberes por hacer y con una tremenda responsabilidad. Las consecuencias de la crisis que todavía colea ponen en peligro muchos logros que nos parecían mejorables pero seguros y dificultan pensar en asuntos importantes. Tan importantes como la nueva vejez. En realidad no se muy bien qué término emplear porque hoy es difícil llamar vieja a una persona de 50 años, que era el punto de referencia en el pasado. Esa indefinición refleja bien la confusión en la que nos movemos. Los viejos son también los diversos de este momento y nuestra sociedad, nuestras instituciones no parecen encontrar cómo enfrentarse a una realidad solo abarcable desde la mente abierta, la flexibilidad y la ambición de futuro.

En nuestra cultura, los viejos son importantes y siempre la he tenido en cuenta, pero, hace once años –por desgracia llevo la cuenta- me vi abocada a encargarme de personas muy queridas. Hoy es frecuente que personas maduras y hasta viejas tengan que hacerse cargo de gente en peores condiciones sin que encuentren las ayudas adecuadas. En ese tiempo decidí plantearme un cambio.

Quería iniciar una nueva etapa laboral, aspiraba a otro estilo de trabajo, con más libertad de horario, temas e intereses. Por supuesto, quería enfocar mi camino para seguir trabajando más allá de una edad de jubilación que, en mi caso, me parecía absurda por mi inquietud y mis ganas de hacer cosas.

Eva Levy - WomenCEO_1Salí voluntariamente al mercado. Era un riesgo abandonar una compañía sólida y un buen puesto para lanzarme a lo que parecía una aventura, especialmente cuanto me tropecé poco después con la crisis económica más terrible que ha tenido España en décadas. Pero salir libremente me dio ventajas sobre otras personas, excelentes profesionales a menudo, tratadas con brutalidad incomprensible. Ya antes de la crisis, pero sobre todo durante ella, he visto cómo muchas empresas despedían a sus empleados con la excusa de la crisis o de la reducción de costes o de cualquier otra causa. Casualmente los sacrificados eran los mayores, los que tenían más de 55 años, pero pronto se fue echando a la pira a los que tenían 50 y hasta menos. Esto sucedía –y sucede- mientras se hablaba de talento, del valor añadido de la experiencia y las ideas, etc. etc. Un discurso que no se caía de la boca de los líderes de opinión, los CEO’s de prestigio y los agentes sociales.

¿De verdad ha valido la pena? ¿Tiene edad el talento? ¿Esos cambios han beneficiado un relevo generacional que justificase el sacrificio de la experiencia? ¿Ha sido una buena lección de humanidad para los jóvenes que empiezan su carrera laboral?

A partir de edades cada vez más cortas se ha dicho de los profesionales de casi todos los sectores que, además del delito de ser viejos, son caros, manejan mal las tecnologías y, por lo tanto, entorpecen los cambios necesarios en la sociedad. Es una coartada débil porque tales tópicos están basados más sobre unos cuantos casos que sobre una evaluación rigurosa. Pero, ¿es que no había ni hay más fórmulas que el despido? ¿No se podía haber llegado a reducciones de jornada, a puestos diferentes y horizontales? Y si la brecha digital es tan importante, ¿no se podía haber hecho el reverse mentoring, es decir, los mayores enseñan a los jóvenes y ellos les asesoran en tecnología?

A veces, cuando se habla de los viejos –que ya hemos visto que no suelen serlo tanto- se alude a la necesidad de dejar espacio para las nuevas generaciones en el mercado laboral. Conozco pocos errores más persistentes y lamentables que el que identifica el mercado laboral con una tarta de porciones limitadas, cuando buena parte de los empleos que hoy se demandan no existían hace una década y cuando el setenta por ciento de los empleos que se van perfilando para el futuro apenas tienen nombre todavía y, por cierto, como no mejoremos los planes de estudio de nuestros jóvenes, a lo peor tampoco tienen candidatos.

Escribí en su momento una tribuna, que más que una tribuna era un grito a la sociedad, que se llamaba “Viejos pero útiles”, porque la paradoja es que se siguen empleando estas políticas, aunque nos empobrezcan a todos.

Prejubilados, despedidos o jubilados con energías y ganas de hacer cosas, el caso es que te ponen por delante una larga esperanza de vida, pero te limitan extraordinariamente las oportunidades. Por ejemplo, y esto se comparte con los más jóvenes, no hay nada como lanzarse a crear una empresa o el propio empleo para tropezarse con una pared de rigidez administrativa, lentitud, normativas asfixiantes, tanto a nivel de estado como a nivel de las autonomías.

Estamos en un mundo y en un periodo histórico que responde muy bien al acrónimo inglés VUCA, es decir: volátil, incierto, complejo y ambiguo.

Un momento que requiere mucha más visión y más capacidad de riesgo por parte de la sociedad, de nosotros sus integrantes, y de los gobiernos y administraciones. Es preferible el ejercicio de prueba y error, que cerrar las puertas a los cambios. Es necesaria la agilidad y la rapidez para resolver en tiempo real problemas que lo son porque se ha decidido que lo sean aunque la realidad tozuda llame sin parar a la puerta de los gobernantes.

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Me parece especialmente sangrante todo lo que se refiere a la jubilación. Muchos de esos profesionales desterrados del mundo laboral antes de tiempo se enfrentan a una pérdida de cotizaciones que arruina sus expectativas sobre la pensión que esperaba tener algún día, y por la que tanto pagaron su empresa y ellos mismos durante años y años. Todos sabemos que solo cuenta el último tramo de la vida laboral y de nada sirve lo anterior.

Pero también tenemos a los que quieren o queremos trabajar más allá de la jubilación que a menudo se ha vuelto forzosa. Unos lo desean por vocación, otros porque lo necesitan para complementar lo que cobran. Todos precisamos normas mucho más adecuadas y justas que las actuales, de forma que se puedan compatibilizar situaciones o facturar esporádicamente sin verse abocados al castigo o a la economía negra.

Entiendo que no sea compatible la jubilación con un trabajo en la misma empresa, en el mismo puesto y con el mismo horario, pero ¿por qué no poder colaborar con tu antigua compañía? ¿O buscar nuevas vías de ocupación? Perder la mitad de la pensión, o toda, por trabajos esporádicos, no tiene sentido y máxime cuando no es Hacienda quien se opone ya que nada le gustaría más que seguir recaudando los impuestos que nuevas vías de actividad podrían seguir aportando.

Hacer leyes justas y agiles, acordes con la realidad, ayudaría a erradicar el mercado negro de trabajo y sacar a la luz el talento de mucha gente. El reciente escándalo suscitado por los derechos de autor de los escritores mayores es la piedra de toque de esta dificultad para entender la nueva realidad en la que vivimos. ¿Cómo se puede oponer pensión o derechos de autor, sobre todo cuando en España son poquísimos los que viven de escribir? ¿Cómo se puede hacer elegir entre pensión y cuatro conferencias al año? ¿Cómo se puede exigir que uno deje de crear y ganar dinero por ello? ¿Por qué es más legítimo ingresar dinero por inversiones o alquileres que por actividades profesionales? Incluso a los que trabajan renunciando a la mitad de su pensión, se les castiga con un 8% del llamado impuesto de solidaridad? ¿No sería mejor enfocar de otra manera los impuestos sobre las ganancias? ¿Tiene sentido regirse por normas que se obstinan en dar la espalda a cambios radicales de nuestra sociedad?

Representamos un nuevo tipo de mayor, de viejo. No nos sirven las pautas del pasado, ni somos producto descatalogado, sino representantes de un nuevo tiempo por vivir, que nos debemos lo que tenemos a nosotros mismos, que hemos pagado nuestro precio y queremos seguir aportando a la sociedad.

Yo diría para concluir que todo puede resumirse en una doble responsabilidad. Responsabilidad de la Sociedad y del Estado hacia los que tanto han contribuido a sacar el país del subdesarrollo. Responsabilidad de los mayores hacia la sociedad que sigue necesitando de ellos para salir del bache y la confusión en el que se encuentra actualmente.

Muchas gracias.

 

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